Voto electrónico – La opinión de Mr Bugman

MI CONTRIBUCIÓN A LA CONFUSIÓN GENERAL SOBRE VOTO ELECTRÓNICO:
Por Mr. Bugman

Este es un artículo necesariamente largo. Téngame paciencia.

Empecemos por decir que la BUE (Boleta Única Electrónica) ES voto electrónico, desde el mismo momento en el que se utilizan medios electrónicos para votar. La máquina que vimos en las elecciones a Jefe de Gobierno de CABA es una computadora en toda la línea: se trata del hardware de una computadora, un sistema operativo de computadora, una interfase gráfica de usuario (GUI) de computadora, carga un software diseñado para computadoras, posee una impresora a la que se le envían comando de impresión desde una computadora, y un lecto-escritor de chips RFID cuya operación se hace desde una computadora.

Comienzo con esta tediosa aclaración porque he leído y escuchado hasta la náusea la frasecita “no es una computadora, es una impresora”. Bueno, malas noticias, las impresoras modernas también tienen adentro una computadora. Igual que su smartphone, su tablet, su smart TV, su automóvil y hasta su heladera, si tiene una de las caras.

Si quiere, para conciliar, digamos que el procedimiento con la BUE se trata de voto electrónico con soporte físico (la boleta impresa que entrega la computadora y se introduce en la urna).
Pero todo esto es irrelevante para lo que quiero decir. Puede llamarle “voto sucundún” al asunto y lo que escribiré a continuación seguirá siendo válido.

Resumamos el acto de votar mediante el sistema de “voto sucundún”, al menos el que se utilizó en CABA, y que por el momento parece ser el mismo que se propone para todo el país:

Usted llega a la mesa, el presidente le da una boleta en blanco que contiene un chip RFID (siglas de Radio Frequency IDentification, en español identificación por radiofrecuencia). Es la misma clase de chip que tiene su tarjeta SUBE, para ahorrarnos descripciones técnicas.
Ese chip, se supone, también está en blanco cuando le entregan la boleta.
Además el presidente de mesa desprende un troquel numerado de la boleta, y se lo queda. En la boleta ese número también está impreso en la parte no troquelada.

Luego usted se va a la máquina, sigue las instrucciones en pantalla, emite su voto, y la máquina hace dos cosas: imprime en la BUE lo que usted votó (y usted lo puede leer) y escribe en el chip, presumiblemente, la misma información. El sistema que utilizamos en CABA, además, le permite verificar esto último acercando la boleta al lector RFID incorporado en la máquina y mostrando en la pantalla “Usted votó al Licenciado Garquetti”. Si lo que dice la pantalla coincide con lo que está impreso, usted dobla la boleta (para que no se vea que usted es un votante de Garquetti), vuelve a la mesa, el presidente controla que el número en el troquel coincide con el de la boleta que le dio al principio, usted mete la boleta doblada en la urna, el presidente tira el troquel, usted firma el padrón y se va a su casa con paso de murga o silbando una tonadilla escocesa.

Al final del comicio, se abre la urna y en vez de contar manualmente las boletas, se las pasa nuevamente por el lector de la máquina que va leyendo los chips, el aparatejo hace las sumas e imprime el acta de fin de escrutinio y el telegrama para el escrutinio provisorio, y además manda los datos de este último por alguna vía remota que no tengo claro cómo es (me refiero al canal de transmisión, sus normas de seguridad y esas cosas).

Fácil, moderno, rápido y seguro, ¿verdad? Bueno, no.

Primera objeción: el chip.
¿Por qué se les pone a las BUE un chip RFID?
Un chip RFID puede ser leído a distancia, si bien este no es un chip “activo” (los chips activos necesitan una fuente de alimentación, es decir funcionan “a pilas” y pueden ser leídos a cientos de metros), se ha demostrado que los que tienen las BUE pueden ser leídos (y por lo tanto también escritos) a unos 1.5 metros.
Es decir que, teóricamente, su voto puede ser cambiado luego de ser emitido, contando con el equipo adecuado. Y sin el equipo adecuado, con un humilde smartphone, puede ser leído.

¿Y a mi que me importa, si soy un votante convencido del Licenciado Garquetti? ¡Que lo lean!, dirá usted.
Bueno, para empezar, si usted es un puntero político que paga a sus clientes por cada voto que emitan a favor del Licenciado Garquetti, ya puede asegurarse de que su inversión rinda al 100% y que ningun vivillo que diga que votó al Licenciado en cambio haya metido en la urna la boleta del Contador Sorullo.
En efecto, ya hay una aplicación (programada en un ratito por Tristán Grimaux) que permite leer y registrar en un celular lo que dice el chip. Ahora usted, señor puntero, puede exigirle a su cliente que le demuestre que votó a Garquetti, sin lugar a dudas.
Y si no no le paga, que tampoco vamos a estar desperdiciando el dinero del clientelismo.
(Ahora, con el sistema de múltiples boletas impresas, esto se hace con pequeñas marcas y dobleces que el fiscal del partido de Garquetti tiene que identificar. No es tan fiable, usted puede llegar a pagarle a uno que no votó lo que usted le dijo).

La posibilidad de escribir en el chip es mucho más tremebunda. Teóricamente esto debería detectarse en el escrutino, por eso nos referiremos a ello más tarde.

Repito, ¿Entonces, por qué un chip?. Si lo que se quiere es agilizar el escrutinio, no hace falta. Alcanza con que en la boleta, además de la información para ser leída por humanos (“Voto para el Licenciado Garquetti”) se imprima un código para ser leído por medios electrónicos. El mejor candidato es el código QR, esa cosa con cuadraditos que vemos en todas partes. Este código tiene que ser leído ópticamente, es decir no se puede leer a distancia, se imprime en el momento de emitir el voto (no existe ninguna posibilidad de que ya contenga información desde antes) y, a diferencia del chip, no se puede distinguir un código QR de otro que contenga la misma información (un voto para Garquetti). Porque, además de todo lo anterior, cada chip RFID tiene un único ID. Su boleta para el Licenciado Garquetti es perfectamente distinguible de todas las otras boletas del Licenciado. Ahí viene otra objeción: potencialmente esto podría servir para vulnerar el secreto del voto. Hay muchas maneras de hacerlo. Como yo soy un nerd, aprovecharía la posibilidad de leer el chip a distancia y combinaría esto con el orden en el que fueron votando. No, no les voy a decir cómo para no hacer esto tan largo, pero se puede. Seguramente algunos de los lectores ya lo adivinaron.

¿Qué otra cosa puede hacerse con estos chips?. Algo precioso, leer lo que hay adentro de la urna sin necesidad de abrirla. Otra que boca de urna. Esófago de urna, es eso.

Nada de esto se puede hacer utilizando el QR, y no se elimina para nada la posibilidad de verificar el voto por el votante, y de hacer conteo asistido por medios electrónicos al final del comicio.
De yapa, las BUE serían más baratas. Y las paga usted, hombre, con sus impuestos.

Segunda objeción: la computadora.
Usamos las computadoras para toda clase de cosas, Incluso manejamos nuestras cuentas bancarias y pagamos cuentas con ellas. O sea, les confiamos nuestro dinero, ¿por qué no confiarles nuestro voto?

En pocas palabras PORQUE NO SABEMOS LO QUE TIENEN ADENTRO.

Una computadora no hace lo que nosotros queremos, hace lo que está programada para hacer. Y aunque el programador sea bueno, se le puede escapar algún error. Y si es malo, muchos. Y si es bueno, pero malvado, puede introducir cosas en la programación que serán, a los fines prácticos, invisibles.
Sea cual fuere la intención o la destreza del programador, el software está lleno de errores, lo más que se puede hacer es confiar en que no afecten demasiado al propósito general del sistema y que , cuando vayan apareciendo, se vayan solucionando.

Un sistema es algo que evoluciona con el tiempo, y mientras más se usa, más posibilidades hay de encontrar esos errores.
Pero un sistema de votación es algo de uso esporádico, es más, se usa un solo día cada 2 años. Las posibilidades de detectar un error, repararlo y distribuir e instalar la corrección durante su uso en condiciones reales de producción es cercana a cero.

Los sistemas comerciales son, en última instancia, una forma de escribir datos en una base de datos. Como no se espera que el usuario escriba los registros directamente en la base, se le proporciona una interface más o menos amigable y bonita para que lo haga. El botón “VER” de la pantalla que del usuario por detrás hace algo como “SELECT “DATO” FROM “TABLA” WHERE
“LA CONDICIÓN ES QUE DATO SEA TAL COSA”. O cosas mucho más complicadas. El asunto es que en cualquier caso, es posible ver qué se registró en la base de datos cuando el usuario hizo algo en el sistema (y muchas veces ni así se puede saber por qué demonios falló algo).
En un sistema de votación con soporte físico la “base de datos” es el soporte físico, o sea la boleta. Y una vez emitida ya no hay manera de relacionar lo que hizo el usuario con lo que quedó registrado. Obviamente no estoy diciendo que se registren los votos emitidos en una base de datos que el usuario desconoce, ahí ya estaríamos en problemas mayores por la posibilidad de alterarlos más tarde con toda comodidad, me estoy refiriendo a que puede haber errores, a que seguramente habrá errores, y que no se podrán detectar.

“Bueno”, dirá usted, “entreguen las máquinas y el software a los expertos más pulentas y que encuentren los errores y los arreglen ANTES de la fecha de las elecciones”. Sí, puede ser. Pero resulta que el experto no puede asegurar que el software de la máquina (que se carga al momento de abrir el comicio) sea el mismo que revisó en su momento. Necesitaríamos un experto pulenta en cada mesa de votación, que comparara todas las líneas de código del software que se carga con las que tendría él, y que previamente debería hacer revisado. Es más, necesitaríamos un experto pulenta por partido, para ser justos. Y aún asi, podría suceder que existiera un error (un “bug”) que no hubiera sido detectado.

“¿Y que bug espantoso podría existir, si estamos hablando de un coso que lo único que hace es imprimir la boleta y escribir el voto en un chip, o bueno, si quiere en un código QR?” dirá usted mirándome como se mira a los locos.
Bueno, ni siquiera se me ocurren todos, pero los más importantes serían que lo que se imprime y lo que está en el chip o código no coincidan (paciencia, después lo veremos cuando me refiera al escrutinio) , que una desfortunada y maldita combinación de variables (el chip nro 3462717 en la hora 16:35:34: 345) produzca una falla catastrófica que interrumpa el comicio, que al momento de leer los chips o códigos QR aparezca una cosa en pantalla y se imprima otra en el acta, que se imprima una cosa en el telegrama y la transmisíon de datos envíe otra, que se pueda interferir en cualquiera de estos procesos en forma externa por una falla en la seguridad, y un montón de etcéteras más.

Y aquí me estoy refiriendo a bugs no intencionales. Aquellos expresamente introducidos en el software y diseñados para ser difíciles de detectar pueden ser incluso peores.
“¿Usted dice que este gobierno va a meter mano en el software para ganar las elecciones y no nos vamos a dar cuenta?” dirá usted con los ojos abiertos como platos. No, no “este” gobierno. Cualquier gobierno. Si estos son buenos, no sabemos si los que vendrán en el futuro serán malos. Y si unos fascinerosos llegan al poder, y controlan los sistemas de votación, vaya usted a ganarles las elecciones.

Repito, las computadoras son una gran cosa, pero no sabemos lo que tienen adentro. Y un sistema de votación no deberia incluír un elemento que no sabemos a ciencia cierta qué hace en realidad (Sólo vemos lo que “aparentemente” hace).

Esto nos lleva a la tercera objeción.

Tercera objeción: el escrutinio.
Uno de los argumentos de los defensores del voto electrónico. (Está bien, Boleta Única Electronica, o “sistema sucundún”, qué quisquilloso, caramba) es la rapidez y exactitud del escrutino en la mesa de votación. Se acabaron los errores del acta de escrutinio manual a cargo de presidentes de mesa que tienen que sacarse los zapatos para contar con los dedos de los pies cuando no les alcanzan las manos. Basta de “partido 1, 10 votos, partido 2, 10 votos, total 345 votos”. Ahora el tipo pasa las boletas por el lector de la máquina, que está diseñada para hacer sumas de manera exacta y veloz. Muy bien. Soprendentemente, estoy a favor de un conteo asistido por medios electrónicos.

Lo que me preocupa es que se esté instalando entre las personas la idea de que este tipo de escrutinio asistido por computadora no requiere prácticamente de fiscalización. Todo lo contrario. Si bien el presidente de mesa no puede “truchar” el acta favoreciendo a nuestro querido Licenciado Garquetti en perjuicio del odiado Contador Sorullo, el acto de leer cada chip o código tiene que ser vigilado atentamente para asegurarse de que cada cosa impresa sea exactamente lo que dice cada uno de los chips o códigos. Y a diferencia del sistema tradicional, donde las boletas son distintas, tienen un número, un color y hasta las fotos de Garquetti y Sorullo, estas son todas iguales a simple vista y no se pueden separar en pilas por categorías (una boleta para Presidente, Gobernador, Intendente, Diputado, Senador y todo lo demás está “toda junta”).
Un fiscal de un partido extremadamente minucioso (que son los fiscales de partidos que nos gustan) insistirá en ver y leer cada boleta antes de ser leída, irá anotando cada uno de los votos y comparará el resultado final con lo que arroje el acta. La supuesta rapidez del escrutino sólo será tal si se hace descuidadamente y confiando ciegamente en lo que haga la computadora.
Ya vimos que eso no puede hacerse, o al menos no debe hacerse.
Es asunto es, ¿cuántos fiscales extremadamente minuciosos habrá? Sabemos que no todos los partidos pueden tener fiscales en todas las mesas. Si encima deben ser más cuidadosos que nunca, ¿cómo garantizamos que en la localidad de Muerto a
Pedradas donde el presidente de mesa es el primo del Intendente se cuiden estos detalles?
Volvamos a hablar de los bugs intencionales. Si no tenemos fiscales super minuciosos, ¿cómo sabemos que el sistema no tiene un firinduli que cada 30, 90 o 132 lecturas se “equivoca” y le pone un voto al Contador Garquetti?
¿O si un chip fue sobreescrito después de haber sido emitido el voto?
No sabemos.
“Ah, pero pedazo de paranoico”, dirá usted, “para eso están la boletas impresas, en caso de duda se revisa lo impreso”.
Mire, el escrutinio provisorio se hace con los telegramas, el definitivo con las actas. Si el acta está impresa, y nadie dijo nada, y el resultado del acta es más menos coherente (las sumas están bien hechas), la trampita jamás se detectará, porque no habrá ninguna manera de pedirle a un Juez electoral que ordene la apertura de la urna.
Si ahora, con las barrabasadas que se mandan en las actas, en cada elección se abre un porcentaje despreciable de urnas, ¿se imagina cuántas se van a abrir si las actas son aparentemente exactas?

Otras objeciones
-El voto electrónico no impide que vándalos interumpan el comicio. Hemos visto imágenes dantescas de hordas asaltando una escuela y quemando las urnas de votación. Bueno, eso todavia puede hacerse. Con el adicional de que se puede romper la dichosa computadora de un martillazo. O si se le dificulta conseguir una horda, puede mandar a un votante a que le meta ácido sulfúrico al aparato por alguno de sus agujeritos. O le pegue un chicle a la ranura por donde se mete la BUE. Supongo que también podría generar un PEM (puslo electromagnético) y romper todas las computadoras del barrio, pero esto ya seria más problemático.
-Va a costar un dinero. Hay que comprar las computadoras, hay que comprar muchas, porque las computadoras se rompen todo el tiempo. Y si las guardamos durante dos años, seguro que un buen porcentaje no van a funcionar cuando se las quiera usar de nuevo. O se las van a robar. Entonces va haber que comprar más. Y las baterías que tienen para asegurar que se siga votando si se corta la luz deben reemplazarse periódicamente. Las boletas también salen lo suyo, sobre todo si tenen el dichoso chip.
-Hay que entrenar a los presidentes de mesa en el uso de los aparatos. Parece obvio, parece sencillo. Pero he visto presidentes de mesa que necesitarían etiquetas pegadas en sus cuerpos para identificar sus diferentes orificios excretores.

Conclusiones:
Los defensores del “sistema sucundún” de voto dicen que viene a solucionar dos problemas: el robo de boletas, y las actas mal confeccionadas en el escrutino (y la lentitud de este último).
El primer problema existe, lo hemos visto. ¿El “sistema sucundún” lo soluciona? Completamente. Y de paso elimina la necesidad de que los fiscales de los patidos tengan que entrar a ordenar y reponer boletas cada dos por tres, y las angustias de los fiscales de partidos chiquitos que imprimieron pocas boletas y no tienen para reponer, y todo eso. Punto a favor del “sucundún”.
Las actas mal confeccionadas, bueno, sí y no. Si todos funciona como un violín y nadie hizo maldades o torpezas con el software, sí. Y si alguien hizo maldades o cometió torpezas, bueno, no se sabrá jamás con certeza.
La velocidad del escrutino, como ya hemos visto, dependerá del celo de los fiscales.
O sea tenemos una ventaja efectiva y cierta, y dos dudosas. Ademas introducimos al sistema vulnerabilidades sofisticadas que antes no existían y que son virtualmente indetectables. Más la posibilidad de romper el secreto del voto.
Todo esto en potencial, estoy consciente de ello. Pero antes no existían ni siquiera en potencial.

Estoy lejos de ser un tecnofóbico. Al contrario, soy un nerd, un geek, un enamorado de cada chiche electrónico que aparece, si tuviera mucho dinero los compraría todos. Me encantaría que hubiera un “sistema sucundún” tan confiable y transparente como el que describen los políticos. Que uno pudiera, incluso, votar desde su casa o desde un celular. Pero ¡ay!, tengo décadas de experiencia trabajando con sistemas, y no lo hay.

En conclusión, si el “sistema sucundún” soluciona de forma categórica y confiable UN SOLO problema con respecto al viejo de boletas múltiples de papel, soluciona dos en forma dudosa e introduce los nuevos que describí y tal vez otros que ni nos imaginamos, por desgracia, tengo que decir que el cálculo costo-beneficio me da negativo.
No al voto electrónico.
¿Para siempre?
No, lo sé, tal vez se encuentren nuevas maneras de asegurar los sistemas, nuevos métodos que hagan todo esto más confiable, pero la historia demuestra que a la vez se descubren nuevas formas de vulnerarlos. Ya veremos.

¿O sea que propongo seguir con las boletas multiples de papel?
No, propongo un sistema de boleta única manual. Que el elector marque en los casilleros de una boleta única preimpresa. Si los cargos son muchos, se pueden partir los votos en dos o más boletas únicas.
Se usa en muchos lugares del mundo, y en algunas provincias de Argentina. Es barato y soluciona el tema del robo de boletas
Ante la objeción de que se puede adulterar la boleta con una birome en el momento del escrutinio (anulando el voto, o votando en una categoría que el elector omitió, por ejemplo) se pueden utilizar tintas especiales para hacer las marcas, o también se puede hacer un boleta con un film que se pega sobre la misma antes de meterla en la urna.
El escrutinio también se puede hacer asistido por medios electrónicos, ya se han probado sistemas que leen las marcas (aquí puede cobrar relevancia la tinta especial, podría ser leída con luz ultravioleta, por ejemplo y cambir de color).

No, no hay sistema perfecto. Recuerde esto, si usted quiere hacer un desastre, contrate gente torpe. Pero si quiere hacer un desastre descomunal que lo tenga rascándose la cabeza preguntándose qué demonios sucedió durante meses, necesita utilizar computadoras.

Visto en el muro de facebook de Mr Bugman:
https://www.facebook.com/permalink.php?story_fbid=1235943379762086&id=777299865626442

el estado ahoga y veces mata

Post publicado originalmente el miércoles, 22 de febrero de 2012

Lo que más quiere una empresa privada es invertir. Esa es la mayor fuente de riqueza que tiene (para sí misma, como ganancia, y para la sociedad, por los bienes que produce). Las empresas quieren invertir. Todas.

¿Por qué en la Argentina hay que obligarlas? ¿Qué hay en otros lados, donde lo hacen felizmente, que no haya aquí?

Una empresa normal se debe a sus clientes. No tiene opción. Si la gente decide no comprarle, se funde y punto. Entonces, debe dar lo mejor de sí para conquistarlo.

Por supuesto, quiere maximizar su rentabilidad y poner el precio más alto posible ¿Qué pasa si pone un precio demasiado alto? Dos cosas:

1) Pocos compran y debe bajarlo.
2) Si muchos compran, el mercado atraerá a miles de inversores deseosos de esa rentabilidad, lo cual generará competencia, reducción de precios y una mejora en el producto o servicio.

Cuando el Estado subvenciona y paga casi todas las cuentas, el cliente ya deja de importar. El ingreso pasa a ser fijo, me compren 5 o 5 millones ¿A quién tengo que conquistar ahora? A un par de burócratas que ni siquiera usan mi producto. Y mucho mejor si me garantizan un monopolio.

TBA tiene prohibido subir tarifas desde hace años frente a un 500% de inflación acumulada.. El alto nivel de subsidio que recibe hace que el ingreso por boletos sea mínimo. El Estado le garantiza el monopolio, pues no permite que un privado compita, por ejemplo, con una línea de buses.

El mundo se basa en incentivos. Y no morales. Los argentinos esperan que las cosas funcionen por moralidad, por buenismo y cuando no funciona dicen “ah, pero DEBERÍA….”. Vamos a trabajar porque si no lo hacemos no sobrevivimos, aunque quedarnos viendo la TV es mucho más atractivo. Le festejamos el mal chiste a nuestro jefe y no a nuestro amigo ¿Es tan difícil de entender?

Quien decide cuánto gana TBA hoy es Cristina (y esto aplica a cualquier presidente porque esta es la situación desde hace mucho) ¿Creen que le fallarían los frenos si ella lo usara?

Si TBA pudiera poner los precios que quisiera y tuviera que competir (ambas opciones a la vez), no tendría alternativa más que mejorar el servicio ¿Por qué voy a viajar mal con ellos si por un poco más puedo tomarme un bus con aire acondicionado?

Pero el Estado no permite eso. El Estado nos saca 50% de lo que producimos sin importar si estamos satisfechos o no. Tiene el ingreso asegurado y sus subsidiados también. ¿Por qué le controlarían los frenos a los trenes? ¿Para quién? ¿Con qué? ¿Y si nos dejan disponer de la riqueza que generamos y elegir a quiénes queremos subsidiar, simplemente comprándoles?

Seguir leyendo el post original en:
http://nanopoder.blogspot.com.ar/2012/02/el-estado-ahoga-y-veces-mata.html

El robo del suelo, un libro para comprar

Este libro no lo van a encontrar en Internet, pero lo recomendamos para comprar.

Trata un tema importante y a la vez pocas veces mencionado, quien debe ser el dueño del petróleo.

La reseña la pueden ver en el siguiente enlace:
http://www.nanopoder.com.ar/libros-para-comprar/el-robo-del-subsuelo-de-guillermo-yeatts.html

 

También pueden ver este video en Yotube del propio autor refiriéndose a su libro.

Volvimos con las reseñas

Un querido amigo que por ahora prefiere mantenerse en el anonimato nos envía nuevamente reseñas de los mejores libros liberales que él ha estudiado.

En esta oportunidad nos trae lo que él denomina ” Una  joya olvidada de la literatura liberal”

“Libertad, un sistema de fronteras móviles”: del escritor Argentino Enrique Arenz

Sin más trámites los invitamos a leer la reseña y a descargar gratis el libro de la página del autor.

www.nanopoder.com.ar/libros-de-cabecera/libertad-un-sistema-de-fronteras-moviles.html

Nos llega por correo …

Estimados: me ha llamado un poco la atención que en un blog dedicado a difundir ideas liberales y con Popper como insignia, se incluya a La rebelión de las masas como obra ejemplar. Podría interesarles mi análisis de dicho libro. Sobre todo en lo que refiere al liberalismo y autoritarismo http://el-pareja.blogspot.com/2016/03/155-rey-desnudo-ortega-gasset-rebelion-masas.html También hay allí otros 16 post que abordan otros aspectos de dicha obra de Ortega. Saludos.

Síndrome de Estocolmo

Muchos de los “secuestrados” por el Estado del Bienestar contra su voluntad también desarrollan el síndrome de Estocolmo. Pese a que el Estado del Bienestar no cumple sus objetivos, muchos lo defienden aunque les haga mal, como los secuestrados hacia sus captores. Y como ocurre en el citado síndrome, los defensores del Estado del Bienestar también muestran miedo e ira hacia aquellos que quieran liberarles de la carga del secuestro: en este caso, las políticas liberales, la reducción de impuestos, reducción de regulaciones y libertad para elegir los servicios que cada persona quiera, y no los que el político y burócrata de turno quieran, en definitiva la reducción drástica de los ámbitos de actuación del Estado, justo lo contrario de lo que viene ocurriendo últimamente, donde no hay ámbito que no esté regulado por políticos y burócratas, haciendo más difícil la vida de las personas.

 

Seguir leyendo en:
http://www.bloglibertario.com

Políticas de seguridad y resultados electorales

Por Alejandro Sala
alejanron_sala@yahoo.com.ar
Autor del libro EL ESPÍRITU DEL MERCADO


Políticas de seguridad y resultados electorales

Una buena política de seguridad sería aquella en la cual no se produzcan asaltos, homicidios, secuestros, violaciones, etc. Se trata, por lo tanto, de una política cuyos resultados no serían visibles. La inauguración de un puente, la incorporación de nuevo equipamiento para un hospital, la concesión de beneficios sociales, son políticas cuyos resultados son ostensibles. Pero la seguridad no tiene esa particularidad. El hecho de que algo (los delitos) no suceda no es susceptible de ser filmado, fotografiado, ni siquiera narrado. Por lo tanto, para los políticos, una buena política de seguridad no resulta electoralmente rentable. Tan es así, que una típica escena habitual de las “políticas de seguridad” consiste en la presencia de los gobernantes entregando patrulleros o decretando un aparatoso despliegue de la policía o la Gendarmería para “garantizar la tranquilidad en las calles”.

Sucede, sin embargo, que gran parte del secreto del éxito de una política de seguridad depende de acciones silenciosas, preventivas, no visibles. La inteligencia, la vigilancia, el patrullaje no reditúan electoralmente pero son, justamente, los métodos que conducen a la disminución sustancial de los índices delictivos. Este es el punto donde el problema aparece: para los políticos las acciones no visibles que impiden la comisión de delitos no son atractivas porque no reditúan electoralmente. Hay una desconexión entre una política de seguridad eficiente y los resultados electorales. Si tal escisión no existiera, no se explicarían, por ejemplo, los buenos resultados electorales obtenidos por Scioli.

La actitud de la población respecto de la inseguridad es más bien ciclotímica. Los picos de interés por el tema tienden a producirse cuando suceden crímenes resonantes pero, pasado el impacto, la conmoción se disipa y el problema de la falta de seguridad vuelve a un segundo plano. Eventualmente, durante algunos días se incrementa la presencia policial en el lugar donde el hecho conmocionante se produjo, y luego todo vuelve a la normalidad, quizá hasta que un nuevo delito en otro lugar atraiga la atención general (usualmente, multiplicada por el tratamiento mediático del suceso) y así sucesivamente. Por supuesto, ante cada uno de estos casos, los políticos afirman que “de ahora en más” la delincuencia será combatida “con todo el rigor de la ley”.

El interrogante que se plantea es cómo salir de esta dinámica. Conviene identificar con claridad el problema: no hay correspondencia entre los efectos de las políticas de seguridad y los resultados electorales. ¿Por qué sucede esto? Si es obvio que el mantenimiento de la seguridad pública es una obligación inexcusable de cualquier gobierno ¿por qué el incremento del índice de delitos no tiene costos electorales? Una hipótesis posible es que los responsables de la seguridad son los mismos que tienen a su cargo otras tareas. Entonces, la obligación de proporcionar seguridad queda diluida en el conjunto de responsabilidades que la población le atribuye a los políticos, quienes, de ese modo, privilegian la realización de tareas “más visibles” porque son las que les permiten extraer beneficios electorales más elevados.

De acuerdo con este análisis, un político prefiere realizar una obra –una plaza, un puente, un plan de asfaltado, etc.− o acción social directa, antes que ocuparse de la seguridad. ¿Por qué sucede esto? Porque la obra o el beneficio social son visibles, en tanto que la gestión en seguridad no lo es, excepto su carencia en los momentos pasajeros en los cuales se producen los picos de irritación social como consecuencia de un hecho puntual. Pero los políticos saben que esa agitación es efímera y entonces, con algunas palabras y eventualmente algunos gestos prácticos ocasionales, consiguen apaciguar el reclamo popular sin que su reputación sufra mella.

Dado este conjunto de circunstancias ¿qué camino cabe seguir para superar el “punto muerto” en el que nos encontramos en relación a la aplicación de políticas de seguridad eficientes? Si el problema es la desconexión entre los efectos de las políticas de seguridad y los resultados electorales, una hipótesis posible es estudiar mecanismos que restablezcan ese vínculo. El tema es muy complejo y seguramente no admite soluciones absolutamente dogmáticas. No obstante, el principio rector de la idea es sencillo: habría que buscar el modo de que la ciudadanía, al votar, sitúe la seguridad como un problema específicamente tenido en cuenta. Entonces, la hipótesis sería que quizá habría que implementar mecanismos para que los responsables de la política de seguridad sean votados en forma directa por la ciudadanía… Esto, sin dudas, provocará escalofríos a las mentes conservadoras. Pero si alguien es el responsable directo de la seguridad pública, y de ningún otro aspecto de la gestión de gobierno, será juzgado electoralmente por los resultados en relación a la seguridad y nada más que eso. Entonces, ese funcionario –como sea que se lo denomine y cualesquiera que sean sus facultades− solo podrá ganar elecciones en la medida en la que produzca resultados satisfactorios…

El mecanismo propuesto resolvería el problema diagnosticado, es decir, la desconexión entre los efectos de la política de seguridad y los resultados electorales. Se trata de una iniciativa muy difícil de ejecutar porque implica una modificación sustancial en la estructura del poder político. Sin embargo, un análisis rigurosamente técnico del problema pone en evidencia que una solución de esta naturaleza “quiebra el espinazo” en el cual el fracaso de las políticas de seguridad se sustentan. Quizá se trate de una propuesta que amerite un análisis más detallado.

ALEJANDRO SALA

Artículo publicado originalmente en la página de la Fundación Libertad de Rosario y su publicación fue autorizada por el autor.

Carta de Jorge Asis a Cristina Fernandez de Kirchner

Durante el mes de agosto y septiembre de 2015 ha estado circulando una carta titulada: “Carta de Jorge Asis a Cristina Fernandez de Kirchner, Adios Señora”, pero dicha carta ha sido escrita por el reconocido  Mr. Bugman.

En el siguiene enlace con fecha 14/08/2015 podrán ver la carta abierta a la Señora Presidente Cristina Fernandez de Kirchner.

http://www.twitlonger.com/show/n_1sn8mp0

Adiós, señora


Ya es todo cuesta abajo, señora.
Lentamente, sus días se van llenado de últimas ocasiones y actos de clausura, y la expectativa se convierte en nostalgia.
Es natural, a todos nos pasará en algún momento.
Cualquiera podría darse por satisfecho en su lugar, ha llegado a lo más alto de su carrera política, y ha acumulado las dos cosas que más quiso en el mundo: poder y dinero. Sería el tiempo indicado para retirarse, descansar y tal vez escribir unas memorias que muchos comprarían y mentirían haber leído.

Pero usted no es así, ¿verdad? No, claro que no. Usted detestará cada minuto.
Al principio los cambios serán groseramente evidentes. A partir del 11 de diciembre, ya no dispondrá de los bienes del Estado para su uso personal, deberá procurarse su propios juguetes, desplazarse a nivel del suelo y pagar por lo que compre. No podrá contarle a millones de personas los falsos detalles de su vida imaginaria, ni proyectar en un auditorio obligado sus frustraciones patológicas y los resentimientos que han moldeado su carácter como el impiadoso cincel de un escultor perverso.

Pero superará eso, señora. La mente humana es maravillosa para adaptarse a variaciones traumáticas. Superamos divorcios, mudanzas, muertes y catástrofes de todo tipo. Incluso superamos gobiernos desastrosos.
Los que son realmente difíciles de prevenir por insisdiosos y sutiles son los pequeños detalles que marcan la decadencia. Es como la juventud, señora, que se pierde en forma tan gradual e inevitable que no nos damos cuenta hasta que un día la imagen que nos devuelve el espejo nos resulta ajena, extraña y ominosa.

Y usted, acostumbrada a ser el centro, conocerá la periferia.

Un día alguien se dará cuenta de que ya no es necesario mantenerla informada de todo.
Un día alguien la hará esperar en el teléfono.
Un día alguien la recibirá con indisimulable fastidio.
Un día, señora, notará que aquella forma de relacionarse con las personas basada en el temor como remedo deforme del respeto, ya no es efectiva. Cosa curiosa el respeto, se obtiene más cuando más se entrega, y usted no ha entregado nada, nunca.
Aquellos a quienes usted ha ofendido, humillado y agraviado en el ascenso, se presentarán a cobrar sus cuentas en la caída.
Porque las lealtades alquiladas no son perennes, señora. Sus propietarios simplemente cambian de inquilino. Cual multitudes de Pedros, la negarán tres veces, o quinientas, si eso dictan las conveniencias del momento. Usted sabe mejor que nadie cómo es eso.

El poder se escurre entre sus manos ahora mismo, señora, y no se detendrá.

Soñará, claro, con un futuro regreso, y tal vez esa esperanza la mantenga a flote por un tiempo.
Pero cuando el periodismo voluble comience a ignorarla, cuando ya no alcance su primer nombre para identificarla en la nota de relleno de una página perdida, sentirá la mordida del miedo.
Ya no será “la Jefa”. Será “la vieja”. “¿Y ahora que quiere la vieja?” comenzará a escucharse en tono irritado ante cada llamado, cada pregunta, cada exigencia.
Su enfermizo deseo de trascendencia será aplastado en este país donde cada gobernante llega su puesto con delirios fundacionales.
Cualquier cosa que haya hecho, cualquier legado que pretendiera dejar podrá ser borrado con una firma, con las manos levantadas de los mismos que hasta ayer le juraban fidelidad hasta la muerte.

Usted no será un mito, señora, porque los mitos se construyen a lo largo de los años con la contribución deliberada y constante de muchas personas motivadas por el respeto o la conveniencia. Descartado el respeto, sólo quedará la conveniencia, y rápidamente usted se converirá en alguien inconveniente.

Quizás entonces se aferre a otra fantasía, la de fundar una dinastía. Pero ¡ay!, los herederos no parecen estar a la altura.

Usted ha cometido un terrible error en su vida, señora: no ha tenido amigos. Y le pesará, porque el refugio de los afectos está reservado a las personas buenas.
Le quedará, si acaso, la familia, suponiendo que sean capaces de soportar su creciente amargura.

Sé que está obsesionada por cómo la recordará la posteridad.
Lo mejor sería que la olvidara del todo, señora.

Porque de otra manera, la única huella que dejará su paso por esta vida, será una nota marginal en la Historia Universal
del Fracaso.

Adiós, señora.