Los fundamentos de la moral, de Henry Hazlitt

Los fundamentos de la moral, de Henry Hazlitt

Un abordaje diferente de un tema muy conocido

El pensamiento de Henry Hazlitt es atípico. Su condición de autodidacta, que combinaba una gran experiencia práctica con vastísimas lecturas, lo llevó a tener una mirada más amplia que la de los académicos profesionales. El tratado Los fundamentos de la moral es una expresión característica de ese estilo intelectual, alejado de los formalismos y las rigideces de los claustros y las instituciones universitarias.

En esencia, se trata de un libro sencillo. Pero su sencillez deviene, no de la superficialidad sino, por el contrario, de la capacidad de síntesis del autor. Hazlitt va directamente a lo esencial y, de ese modo, concluye por simplificar un tema al que los autores convencionales tienden a convertir en un jeroglífico indescifrable. Dice, por ejemplo, que

Cuando los intereses legítimos del individuo, se consideran a largo plazo, encontramos que armonizan y coinciden (llegando casi y aun completamente a la identidad) con los intereses a largo plazo de la sociedad. Y, si reconocemos tal cosa, ello nos conduce a aceptar que el camino hacia la cooperación social es el gran criterio para apreciar si los actos humanos son conducentes a los fines legítimos apetecidos; porque la cooperación social voluntaria es el gran medio para la consecución, no sólo de nuestros fines colectivos, sino también de casi todos nuestros fines individuales”.

En ese solo párrafo, queda fijado un criterio difícilmente mejorable para la elaboración de los juicios morales. En efecto, Hazlitt establece un parámetro simple y nítido para determinar qué actos individuales son moralmente aceptables y cuáles no lo son: la compatibilidad con los intereses a largo plazo de la sociedad. Es difícil imaginar un principio más sólido que ese. Por supuesto, la implementación práctica de esa idea inicial es más compleja que su mera enunciación. Pero el propio autor da indicios respecto de cuál es el camino por recorrer:

No existe un conflicto irreconciliable entre los intereses del individuo y los de la sociedad. Si lo hubiera, la sociedad no podría existir. La sociedad es el gran medio a través del cual los individuos persiguen y realizan sus fines. Y es que sociedad no es sino otro nombre que sirve para designar la combinación de los individuos para la cooperación. Es el medio a través del cual cada uno de nosotros promueve los propósitos de los demás como manera indirecta de promover los propios. Y esta cooperación es, en enorme medida voluntaria. Sólo los colectivistas dan por sentado que los intereses del individuo y los de la sociedad (o el Estado) son fundamentalmente opuestos y piensan que el individuo solamente puede ser llevado a cooperar dentro de la sociedad haciendo uso de compulsiones draconianas.

La verdadera distinción que debemos establecer con miras a la claridad ética no es la que existe entre individuo y sociedad o entre ‘egoísmo’ y ‘altruísmo’, sino entre intereses a corto e intereses a largo plazo. La economía moderna se refiere hoy constantemente a esta distinción. Ella constituye en gran parte el fundamento sobre el que se basan los economistas para condenar políticas tales como aranceles, subsidios, fijación de precios, control de alquileres, precios de sostén, aceptación de imposiciones de los sindicatos, financiación del déficit e inflación”.

Hazlitt no se queda en la enunciación de ese principio, sino que recorre, a partir de él, muchos de los temas habituales de la filosofía. Discute, por ejemplo, el concepto de “razón natural”, al cual explica maravillosamente en este pasaje:

El concepto de ley natural ha desempeñado un papel importante tanto en lograr el progreso del derecho cuanto en crear confusión en la materia. La confusión proviene de su poco afortunada denominación. Cuando ley natural se identifica con ‘leyes de la naturaleza’ llega a entenderse que el pensamiento humano no puede tener intervención alguna en su formación o creación. Se da por sentado que preexiste. La única función de nuestra razón consiste en descubrirla. En realidad, son muchos los autores que tratan el tema de la ley natural tirando por la borda la razón. Ello no es necesario. Sabemos o, por lo menos ellos saben por intuición directa qué es, exactamente, la ley natural.

Esto despertó las iras de Bentham. Este pensador sostenía que la doctrina de la ley natural no era sino uno de los ‘mecanismos para evitar la obligación de referirse a un patrón externo y obligar al lector a aceptar los sentimientos y opiniones del autor como una razón válida… Una multitud de personas habla constantemente de la ley de la naturaleza; y continúan haciendo públicos sus sentimientos acerca de lo que está bien y lo que está mal; y estos sentimientos deben ser, para usted, otros tantos capítulos y secciones de la ley de la naturaleza… El más justo y abierto de entre ellos es aquel hombre que expresa la siguiente: Yo pertenezco al número de los Elegidos; ahora bien, Dios mismo se ocupa de informar a los Elegidos qué es lo que está bien; y ello ocurre con tan buenos efectos que los elegidos, no sólo no puede evitar saberlo, sino que también deben practicarlo. Si un hombre quiere saber, por lo tanto, qué está bien y qué está mal, no tiene sino que acercarse a mí’.

Si, en cambio, pensamos que ley natural no es sino el nombre equivocado de Ley Ideal, Ley-como-debiera-ser y, además contamos con la humildad de tener la precaución científica de dar por sentado que no sabemos intuitiva o automáticamente qué es esto, excepto en cuanto a que se trata de algo que la experiencia y razón deben descubrir y formular, y que es posible mejorar constantemente nuestros conceptos sin llegar jamás a lo definitivo y a la perfección, entonces contaremos con una herramienta positiva para la reforma continuada del derecho positivo. Esto constituyó, en realidad, el método y la premisa del mismo Bentham”.

Otro tópico que trata el libro está referido a la teoría del conocimiento:

Pensar que la ciencia niega el valor no es sino una confusión de ideas. Las ciencias físicas hacen abstracción del valor simplemente porque ése no es el problema que les interesa. Toda ciencia se limita a tomar de una situación total o de una infinidad de datos aquellos datos o aspectos determinados que le conciernen. Esta abstracción no constituye sino un mecanismo metodológico, una simplificación necesaria. Para la física, la química, la astronomía, la meteorología, la matemática, etcétera, las valoraciones humanas, las esperanzas y los temores humanos, están fuera de lugar. Pero cuando nuestra materia de estudio son los valores humanos, el asunto cambia. Y, en todas las ‘ciencias humanas’, en la ‘praxeología’, en las ‘ciencias de la conducta humana’, las valoraciones humanas –actos, decisiones, elecciones, preferencias, fines y medios del hombre− constituyen precisamente la materia de estudio”.

Y vale la pena completar este conjunto de citas ilustrativas con los conceptos que Hazlitt presenta en relación al problema del derecho consuetudinario. Sus conceptos son un extraordinario ejemplo de equilibrio conceptual:

“… la ley consuetudinaria tenía el defecto de su amplio margen de incertidumbre. Cuando los precedentes entraban en conflicto y las analogías eran discutibles, los litigantes no podían conocer por anticipado qué precedente o analogía guiaría al juez. Si la regla general o el principio aparecía expresado de manera vaga o inconsistente nadie podía saber, por anticipado, qué forma de la regla un juez dado, consideraría válida o determinante. ¿De qué manera podrían protegerse las personas contra fallos caprichosos o arbitrarios? ¿Cómo podían saber por anticipado si los actos que estaban cumpliendo eran legales o si los contratos y convenios realizados serían considerados válidos? Surgió entonces la exigencia de una ley escrita más explícita”

Las citas podrían continuar porque la riqueza conceptual del libro lo ameritaría. Finalizamos aquí, para evitar que esta reseña sea demasiado extensa. Lo que queda por señalar es que todo el contenido doctrinario del libro de Hazlitt forma un cuerpo coherente y orgánico, donde los conceptos se articulan unos con otros, de acuerdo con la idea básica de la compatibilidad a largo plazo entre los intereses particulares y los intereses sociales. La clave es el concepto de utilitarismo, de matriz benthamista, al que el autor se refiere repetidamente en el texto. Es un gran libro, merecedor, sin dudas, de más fama. Cabe decir, además, que tiene un estilo inusual en los cientistas sociales norteamericanos, quienes tienden a ser muy esquemáticos y basados en razonamientos de matriz matemática, un método poco aconsejable para el tratamiento de temas humanísticos. Hazlitt rompe con esa mala tradición y emplea un enfoque particular, el cual es largamente más apropiado.